RELATO de una pareja “nueva”: El Domingo que No Hablamos

El Domingo que No Hablamos

Os voy a contar algo.
Llevábamos meses dándole vueltas. Que si lo hacemos, que si no, que si igual no es para nosotros, que si qué pasa si nos incomoda. El caso es que un domingo por fin nos plantamos en OPEN-MINDED, nuestras copas, nuestros nervios y nuestras caras de “aquí estamos, no sabemos muy bien qué hacemos aquí pero aquí estamos.”

Primera sorpresa: nadie nos miró raro. La gente estaba a lo suyo y nosotros podíamos estar a lo nuestro, que de momento era básicamente beber despacio y observar.

Y eso, que parece una tontería, nos fue relajando de una forma que no supimos ver hasta más tarde. Porque hay algo en sentirte seguro de verdad, en un sitio donde nadie espera nada de ti, que te va aflojando por dentro sin que te enteres. No es el alcohol. Es otra cosa. Es que cuando desaparece el miedo a hacer el ridículo aparece una versión de ti que o no conocías o llevabas mucho tiempo sin dejar salir.
El caso.

Fue ella quien tiró de mi mano hacia el pasillo del cuarto oscuro. Sin decir nada. Solo tiró.

Al fondo había una chica apoyada en las rejas metálicas, espalda contra el hierro, con esa cara de quien no tiene ninguna prisa. A su lado un chico le recorría el cuerpo con las manos muy despacio, muy tranquilo, y yo pensé: este hombre ha entendido algo de la vida que yo todavía estoy aprendiendo.
Me puse detrás de ella. Mis manos en sus caderas. Y noté cómo respiraba diferente.
No sé cuánto tiempo estuvimos así mirando. El tiempo ahí dentro no funciona igual, os lo juro.
En algún momento la chica de las rejas abrió los ojos. Miró a mi chica. Y pasó algo que no sé explicar porque no hubo palabras ni señales ni nada, solo esa corriente rara que a veces se monta entre dos personas que acaban de reconocerse en algo que no saben nombrar todavía.
El beso fue despacio. Muy despacio. Como una pregunta.
Yo me quedé sin respiración.

El chico al otro lado de las rejas las miró a las dos y extendió la mano. Y sus dedos encontraron la camisa de mi chica y empezaron a desabrocharla. Uno. Dos. Tres botones.
Y ella me buscó con los ojos.
Eso es lo que no me voy a olvidar. Con la camisa ya abierta y las manos de un desconocido recorriéndole la piel, me buscó a mí. No para pedirme permiso, para leerme la cara. Para ver qué había ahí dentro.
Y lo que encontró debió de decirle que siguiera.
Porque siguió.
Y yo quería que siguiera. Eso es lo que no entendía muy bien en ese momento pero entendí después: que aquello me estaba encendiendo de una forma que no había sentido nunca, o no así, no con esa mezcla de vértigo y calor y algo que se abre donde antes había cerrojo.
Cuatro personas en un pasillo oscuro, sin preguntas, sin expectativas, con un respeto tácito que nadie había acordado pero todo el mundo respetaba. Todo muy despacio. Todo sin prisa.
No sabemos cómo ocurrió. En serio. Si nos preguntáis en qué momento decidimos que sí, no os sabríamos decir. No hubo decisión. Hubo una copa en la barra, hubo un sitio donde nadie nos miró raro, hubo seguridad, y de repente estábamos ahí.

Luego pedimos otra copa. Ella se apoyó en mi hombro. Le besé la sien.
No dijimos nada.
La semana entera la pasamos viviendo en nuestra cabeza lo que había pasado sin hablarlo entre nosotros. Sin ponernos de acuerdo. El Domingo tuvimos la mejor noche en meses y ninguno de los dos mencionó por qué. El jueves me la encontré mirando el techo antes de que sonara el despertador. El viernes me escribió a las tres de la tarde desde el trabajo: “¿Tú también?”
No le pregunté a qué se refería. Lo sabía.
Y el sábado por la mañana, mientras hacía café, me preguntó casi sin darle importancia:
—¿Volvemos mañana?
Llevaba cinco días esperando que lo dijera.
—Claro.

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